Solas en casa molaba un montón hacer barricadas con el sofá y tirarnos bolas de papel como en la guerra. Cuando se acababan las municiones de mi bando, tenía que salir al terreno fronterizo a recoger las bolas que habían rebotado o no habían llegado a mi lado. Y entonces me machacaban: todos los pelotazos apuntando a mi cabeza. Herida de muerte, intentaba una última voltereta desesperada para esquivar las siguientes heridas. Conseguido!! llegué a la barricada sana y salva!! "Replanteemos la situación: 5 bolas intactas, ella está detrás del lado izquierdo del sillón... si las troceo tendré más bolas, y se las tiro por encima y ya gano porque contra una paliza tan evidente no hay nada que hacer.
De repente una lluvia de papeles blancos me caía por encima y arriba del todo estaba la cara divertida de ella.
-He ganado!!! Estás muerta!! Me tienes que contar un cuento antes de dormir y hacerme la escalera en la espalda.
-Vale pero antes colocamos los sofás en su sitio, que si hoy le da por venir al papa se va a enfadar."
La acunaba en su camita y bajaba a fregar los platos antes de que llegara el olor a alcohol metabolizado que subía desde la puerta de la calle. Pero hoy era tarde y me pilló. El ruido de la llave en la cerradura me puso en guardia. La nueva misión era convertirse en un ser invisible, inexistente, como un ninja. Mientras se tumbaba en el sofá entre los restos de bolas blancas que no distinguía, yo salía de puntillas y me iba a mi cuarto. Así iba escribiendo mi propio arte de la guerra, ganando mis batallitas día a día.
jueves, 9 de octubre de 2008
domingo, 5 de octubre de 2008
Sobre chungas, marginadas, amistad y personalidades desdobladas
Porque yo era de las marginadas, con una chica chunga metiéndose conmigo a todas las horas de clase, las buenas notas, la cara llena de granos y enamorada del más guapo que me ignoraba. En el principio de la adolescencia me encerraba en mi habitación durante horas, escuchando la música que le gustaba a los chicos más raros, los heavys y los freaks, para crear afinidad con algún ser vivo que no me rechazara. Luego lloraba sin parar, desolada por no poder compartir mis inquietudes intelectuales. Tenía insomnio. Y me vestía muy ancha y oscurita, con el pelo hasta la cintura o más, sin atreverme a arreglarme las cejas o a maquillarme para no desatar más ira de la chunga. Hay fotos, lo prometo.
Luego mi madre enfermó. Mostrarme melancólica a ratos dio a conocer mi lado humano para los de aquél entonces. De repente tenía una o dos amigas. La chunga desapareció y dejó de darme miedo arreglarme, me vestía ceñida y miraba a los chicos a los ojos sin miedo. ¿Qué sabrían ellos de la vida y de la muerte? Entonces el más guapo me empezó a hacer caso. Pero resultó que el más guapo no tenía cerebro y yo desaprovechaba el sueño de todas las demás haciéndole caso omiso, sacando las mejores notas, creando cierta admiración.
Pero lo que dio el paso sin retorno al desdoblamiento de personalidad hacia la chunguería fue la paliza. Cuando murió mi madre, creo que de melancolía también, me pegó mi padre durante cuatro horas horribles, en la calle, en casa, insultando donde más dolía, arrastrándome por las escaleras de los pelos y golpeándome contra la pared. En cuanto pude moverme de nuevo, tres o cuatro días más tarde, volví al colegio con cojera y un ojo amoratado lleno de rabia y rencor contra todo. Entonces apareció en escena Sajdah, "la boxeadora".
- Porque tú a mí no me engañas, no te has caído por las escaleras. Eso te lo han hecho. Lo que tienes que hacer es entrenar conmigo, que tengo entradas para el DIR. Vamos esta tarde va.
Me sentía bien a su lado, me prestaba atención y se preocupaba por mí. Yo también era una chunga respetada a su lado. Aparte, estaba sola y me hacía un montón de compañía con sus historias de Asia y de su vida tan dura. Ligaba un montón, con su cuerpo moruno, el pelo negro, fuerte, abundante y liso, con los ojos verde miel, enmarcados en carboncillo negro superintenso que le hacía la mirada penetrante. La nariz rota le daba una personalidad especial. Empezó a hablarme de los torneos ilegales en Montjuïc, de las movidas con el crack o la farla para aguantar más en el combate y ganar las apuestas, de la paliza que le pegaron los skins en el metro por tener un padre de Paquistán, y de cómo ella se sentía más protegida si sabía pelear con un gramito en el bolsillo por si acaso se ponía la cosa fea.
- Sajdah, sal de esto tía, que te estás buscando tu propio fin.
Me la encontré hace unos días. Fue un poco extraño porque estaba acabada: la mirada perdida, contestaba cosas incoherentes, como que estaba estudiando informática en la Autónoma, ya sabes, esa que está en la Diagonal, y a la vez se sacaba el bachillerato nocturno en el instituto, porque había tenido un hijo y no tenía tiempo para nada con los trabajos, y se había descuidado y había dejado de entrenar, con lo buena y guapa que había sido ella, pero que llevaba una rosa en la mano porque iba a ver al chico, que era Sant Jordi.
Y entonces me sentí una mierda. Tendría que haberle enseñado la música de los freaks, hablarle de la ropa oscura, de la utopía social encerrada entre los libros de Aldous Huxley, de la expresión de la rabia en forma literaria, de su pelo largo y negro lleno de posibilidades góticas. Tendría que haberle explicado que siendo tan guapa, la más chunga, sabiendo castellano, catalán, inglés y urdú nativo, y teniendo vocación por las ingenierías, podía permitirse tener éxito en prácticamente todo. Debía sentirse segura porque ya estaba protegida de las mafias del barrio por su hermano mayor, el farlopero que alunizaba en las joyerías. Porque si ella era la única de la familia que no tenía antecedentes penales era un privilegio a cotizar en la bolsa del rescate personal. Porque cuidarse y quererse está bien, Sajdah. Céntrate, amiga, que te estás desdoblando en cosas que no te convienen. ¿Porque si tú me proteges con tus armas y yo no te protejo con las mías, de qué clase de amistad estamos hablando?
Me sentí una mierda por no haber podido conseguir nada, centrada todos estos años en controlar mi propio desdoblamiento. Una mierda.
Luego mi madre enfermó. Mostrarme melancólica a ratos dio a conocer mi lado humano para los de aquél entonces. De repente tenía una o dos amigas. La chunga desapareció y dejó de darme miedo arreglarme, me vestía ceñida y miraba a los chicos a los ojos sin miedo. ¿Qué sabrían ellos de la vida y de la muerte? Entonces el más guapo me empezó a hacer caso. Pero resultó que el más guapo no tenía cerebro y yo desaprovechaba el sueño de todas las demás haciéndole caso omiso, sacando las mejores notas, creando cierta admiración.
Pero lo que dio el paso sin retorno al desdoblamiento de personalidad hacia la chunguería fue la paliza. Cuando murió mi madre, creo que de melancolía también, me pegó mi padre durante cuatro horas horribles, en la calle, en casa, insultando donde más dolía, arrastrándome por las escaleras de los pelos y golpeándome contra la pared. En cuanto pude moverme de nuevo, tres o cuatro días más tarde, volví al colegio con cojera y un ojo amoratado lleno de rabia y rencor contra todo. Entonces apareció en escena Sajdah, "la boxeadora".
- Porque tú a mí no me engañas, no te has caído por las escaleras. Eso te lo han hecho. Lo que tienes que hacer es entrenar conmigo, que tengo entradas para el DIR. Vamos esta tarde va.
Me sentía bien a su lado, me prestaba atención y se preocupaba por mí. Yo también era una chunga respetada a su lado. Aparte, estaba sola y me hacía un montón de compañía con sus historias de Asia y de su vida tan dura. Ligaba un montón, con su cuerpo moruno, el pelo negro, fuerte, abundante y liso, con los ojos verde miel, enmarcados en carboncillo negro superintenso que le hacía la mirada penetrante. La nariz rota le daba una personalidad especial. Empezó a hablarme de los torneos ilegales en Montjuïc, de las movidas con el crack o la farla para aguantar más en el combate y ganar las apuestas, de la paliza que le pegaron los skins en el metro por tener un padre de Paquistán, y de cómo ella se sentía más protegida si sabía pelear con un gramito en el bolsillo por si acaso se ponía la cosa fea.
- Sajdah, sal de esto tía, que te estás buscando tu propio fin.
Me la encontré hace unos días. Fue un poco extraño porque estaba acabada: la mirada perdida, contestaba cosas incoherentes, como que estaba estudiando informática en la Autónoma, ya sabes, esa que está en la Diagonal, y a la vez se sacaba el bachillerato nocturno en el instituto, porque había tenido un hijo y no tenía tiempo para nada con los trabajos, y se había descuidado y había dejado de entrenar, con lo buena y guapa que había sido ella, pero que llevaba una rosa en la mano porque iba a ver al chico, que era Sant Jordi.
Y entonces me sentí una mierda. Tendría que haberle enseñado la música de los freaks, hablarle de la ropa oscura, de la utopía social encerrada entre los libros de Aldous Huxley, de la expresión de la rabia en forma literaria, de su pelo largo y negro lleno de posibilidades góticas. Tendría que haberle explicado que siendo tan guapa, la más chunga, sabiendo castellano, catalán, inglés y urdú nativo, y teniendo vocación por las ingenierías, podía permitirse tener éxito en prácticamente todo. Debía sentirse segura porque ya estaba protegida de las mafias del barrio por su hermano mayor, el farlopero que alunizaba en las joyerías. Porque si ella era la única de la familia que no tenía antecedentes penales era un privilegio a cotizar en la bolsa del rescate personal. Porque cuidarse y quererse está bien, Sajdah. Céntrate, amiga, que te estás desdoblando en cosas que no te convienen. ¿Porque si tú me proteges con tus armas y yo no te protejo con las mías, de qué clase de amistad estamos hablando?
Me sentí una mierda por no haber podido conseguir nada, centrada todos estos años en controlar mi propio desdoblamiento. Una mierda.
jueves, 2 de octubre de 2008
Diógenes
Vengo leyendo 1984. Sé que llevo 24 años de retraso. De hecho, llevo 59 si tenemos en cuenta la fecha de edición. El caso es que mientras me pongo al día en el submundo de Orwell, de repente voy por ahí fijándome mucho más en todos los aspectos de la vida que puedan explicar el torbellino de ideas que salen de él. Por ejemplo la etapa de vagabundo en París, y la posterior en Londres. Desde que supe eso tengo curiosidad por mirar el interior de las señoras con su carro del condis lleno de trastos que hay en la plaza Real de Barcelona, llevando su pasado metidito ahí. Pero no ha sido hasta que he hecho el traslado definitivo a mi nueva vida que no he entendido la importancia de asociar el pasado a las cosas materiales que nos acompañan. Porque todo han sido cajas, dentro de más cajas, que a su vez van llenas de telas de mis ancestros y finalmente envuelven cajitas con notas de antiguos amantes que quedaron relegados al olvido porque se encerraron en sus habitaciones o en sus empleos porque el mundo fuera les asustaba y yo tenía que quedarme ahí o marcharme. Y también está el ajuar marital. Desde que menstrué por primera vez, mi familia me encadenó a objetos para uso doméstico tales como manteles, toallas, las copas de vidrio fundido de la abuela que cuidó de la abuela, las joyas de bisutería de la tía que era estéril y otros enseres a cuál más escatológico. Está claro que tiene que haber gente a la que le guste más su vida pasada y que necesite esos objetos para los momentos de nostalgia en la que el cartón de vino o la VISA no alcanza, llenando carritos o, los que tienen casa, habitaciones enteras de pasado y más pasado en montículos de historia personal. Pero a mí, abandonar y vender todos esos objetos en los encantes me pareció como librarme de cierto peso. La sensación exacta es de llevar los 26 años de retraso en ponerme al día de mi propia vida.
martes, 16 de septiembre de 2008
Video doméstico
Alberto, ¿Estás gravando ya?
En tres segundos, cariño.
Voy!!
"Posible suegra número tres, o madre de Alberto: No voy a ser una buena esposa nunca. No pierda el tiempo explicándole a su hijo todos mis defectos que él no ve por estar enamorado, porque realmente él los conoce. Es más, ni siquiera le importan. No tengo compostura ni sé comportarme en público. Tampoco tengo las tareas domésticas por la mano ni cuido de mi compañero como si fuera una madre atenta. La verdad es que lo único por lo que merezco la pena es porque tengo un punto rojo en la cabeza que me empuja a los disparates más absurdos en el momento menos propicio. Extrañamente, eso hace felices a los hombres. Los libera de su presión de padre de familia o vaya usted a saber qué otro rol represivo. No voy a entrar en el debate de porqué sucede así, pero está claro que no creo necesario cambiar mi manera de ser. Por todo ello, quiero invitarla a participar de nuestra alegría aquí en el aeropuerto, mientras cogemos un vuelo a las Vegas. Un saludo!!!"
Ayla, ... creo que t'has pasao, no?
En tres segundos, cariño.
Voy!!
"Posible suegra número tres, o madre de Alberto: No voy a ser una buena esposa nunca. No pierda el tiempo explicándole a su hijo todos mis defectos que él no ve por estar enamorado, porque realmente él los conoce. Es más, ni siquiera le importan. No tengo compostura ni sé comportarme en público. Tampoco tengo las tareas domésticas por la mano ni cuido de mi compañero como si fuera una madre atenta. La verdad es que lo único por lo que merezco la pena es porque tengo un punto rojo en la cabeza que me empuja a los disparates más absurdos en el momento menos propicio. Extrañamente, eso hace felices a los hombres. Los libera de su presión de padre de familia o vaya usted a saber qué otro rol represivo. No voy a entrar en el debate de porqué sucede así, pero está claro que no creo necesario cambiar mi manera de ser. Por todo ello, quiero invitarla a participar de nuestra alegría aquí en el aeropuerto, mientras cogemos un vuelo a las Vegas. Un saludo!!!"
Ayla, ... creo que t'has pasao, no?
Será verdad?
Desde hace unos días, cuando me levanto veo una habitación con techo blanco y unas puertas correderas. Mi cama está a la altura del suelo de tatami, y la recojo enrollándola para poder moverme por el cuarto con un poquito de autonomía. Me despierto con hambre y bajo a la cocina, donde tengo la mesa puesta con arroz blanco y sésamo, salmón ahumado, sopa de miso y judías dulces. Hay una señora con un pañuelo en la cabeza que me hace reverencias y me habla muy atenta a mi lenguaje corporal para saber si todo está a mi gusto. Por la ventana entra un sonido de chicharra radioactiva que aprovecha los últimos coletazos del verano para adornar la paz del silencio en medio de la muy cálida humedad ambiental. Aún y la espectativa abrasadora, me atrevo a salir de casa, porque alguna cosa tengo que hacer durante el día. Tomo el autobús y paso al lado de un bosque de bambú, camino de la estación de tren. Ojitos rasgaditos y curiosos me espían entre un rictus discreto, y alguna viejecita me sonríe desde su avanzado altzheimer. Llego a la ciudad y más ojos rasgados, multitud de ellos entre coches organizados de manera fluida y semáforos que avisan con música de anime que están en verde. Civismo: bicis sin atar, nadie corre, nadie grita, nadie va a robarme la cartera, nadie siente demasiado fuerte para no molestar.
Finalmente llego al final de una calle donde hay un jardín diseñado para ser harmónico. Una chica monísima con una toalla en la cabeza para empaparse el sudor me sonríe mientras nos quitamos los zapatos a la vez en la entrada del tatami. Estoy en un templo budista y todo el bullicio de la ciudad ha desaparecido. Por todo esto y algún indicio más, creo que estoy en alguna parte de Asia. Puede que sea Japón.
Finalmente llego al final de una calle donde hay un jardín diseñado para ser harmónico. Una chica monísima con una toalla en la cabeza para empaparse el sudor me sonríe mientras nos quitamos los zapatos a la vez en la entrada del tatami. Estoy en un templo budista y todo el bullicio de la ciudad ha desaparecido. Por todo esto y algún indicio más, creo que estoy en alguna parte de Asia. Puede que sea Japón.
jueves, 28 de agosto de 2008
Ilusión
Un café con las amigas. Amigas de verdad. Amor de verdad. Soñar con los que más amas. Prometer entre sábanas con el amor verdadero. La promesa de viajar al rincón del mundo que más te apetece. Que te apetezca viajar con alguien. Que alguien sepa lo que más te apetece. Que te apetezca chocolate. Que te guisen tu comida favorita. Que sepan cuál es tu comida favorita. Que te coman con los ojos. Que te miren a escondidas. Que no haya nada que esconder. Que no haya motivos y aún así te compren un par de pendientes en las tiendas de hippies. Que los hippies cuenten chistes. Una sonrisa de cariño cuando cuentas un chiste malo. Un abrazo justo ese día que lloras porque todo el mundo está mal. Un hombro en que apoyarte mientras lloras. Una mano amiga que acaricia la tuya para darte ánimo porque tú vales. El olor a café recién hecho porque han venido amigos a casa.
miércoles, 20 de agosto de 2008
Indulgencia
Me coges la cara entre tus manos y ves mis ojos de color verde lágrima dedicados por completo a ti, a pedirte perdón por todo lo mal que me hiciste creer que lo hice, a purgar la insensatez que me atribuyes, a vaciar mi interior culpable en tu ego. Me estimulas a hablar para que siga sacando, para ver como se derrumban una tras otra todas las paredes maestras que aguantan el piso donde está mi yo, separadito de mi superyo en lo más interior. Buscas ese subconsciente ruinoso, lo necesitas porque sabes que te va perteneciendo cada día más y te hace sentir importante que yo esté tan llena de ti en lo más profundo. Y cuando ya no queda más que mi sentimiento al completo, cuándo ya estás seguro de que soy tuya, por fin puedes entregarte y fundir tus ojos negro firme entre las lágrimas de los míos, con una sonrisa de satisfacción ególatra. Y yo perdono tu inseguridad por hoy. Pero no olvido que no sabes que no quiero una historia de desamor.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)